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Robert Musil y el Clan Ulrich

Robert Musil por Martha Musil
Robert Musil por Martha Musil

Cuando en 1942 muere Robert Musil, su monumental novela de toda una vida El hombre sin atributos avanza por las mil quinientas páginas, y el material adyacente ronda en torno a las diez mil. La obra queda inconclusa y huérfana por culpa de la desmedida y arrogante ambición literaria demostrada por su autor: durante treinta años, Musil se había empeñado en alimentar las calderas de una pesada maquinaria literaria que acabó por engullirlo. Hace medio siglo que lectores y especialistas, perseguidores atraídos por la grandeza de una obra que no desvela del todo sus secretos pero enmudece con irrevocable rectitud, rastrean los grandes temas de la novela mientras intentan comprender los propósitos del autor austríaco. Un reciente estudio, llevado a cabo en la Biblioteca Central de Zurich, donde se custodia el Legado Canetti, nos descubre la extraña singladura de un selecto grupo de hombres que fue más allá en su intento de aprehender la obra más importante del siglo XX: aquéllos que conformaron el Clan Ulrich.



7 comentarios:

05 febrero, 2008 Francisco Machuca dijo...

Robert Musil es uno de los escritores más importantes del siglo veinte,junto con Herman Broch y Witold Gombrowicz.Tu post me ha impresionado por diversos motivos.Primero:es difícil encontra en la blogosfera una reseña de semejante calidad.Hoy nadie lee a Musil,es más;nadie conoce su obra.Segundo:sintetizar una obra, tan rica y compleja a la vez,como tú lo has hecho,me parece admirable y necesario.
Todavía recuerdo el arranque de la novela en donde Musil nos adentra en la velocidad,ese hombre motorizado con expresión infantilizada por la creencia de su seriedad y su forma.Estamos entrando en el siglo XX;es decir,el la infantocracia del hombre moderno y sin abributos que Gombrowicz reconquistaría en otra de las novelas más importantes del siglo;Fedydurke.
Un cordial saludo.

06 febrero, 2008 Muriel Farnsworth dijo...

Estimado Francisco:

Es cierto que los lectores de Musil somos casi una secta, y El hombre sin atributos es una lectura difícil y lenta que supone un esfuerzo del que muy pocos, lamentablemente, conocen los frutos. Éstos, sin embargo, resultan ser maravillosos. Después de leer despacio a Musil, ya no somos los mismos. Somos un poquito mejores. Algo parecido pasa con el resto del Clan Ulrich, y con Ferdydurke, que muy oportunamente has traído a colación.

Un saludo, y gracias por tus interesantes observaciones.

Muriel Farnsworth

06 febrero, 2008 Ibanov de Ibansk dijo...

Lo que mi compañera Muriel, siempre tan dispuesta a ceder al solícito sentimentalismo, no cuenta es la brecha que este texto ha supuesto en la estructura de nuestra organización. Aquellos de entre nosotros que nos negamos a viajar a la Biblioteca Central de Zurich en busca del rastro del Clan Ulrich lo hicimos por la simple razón de que consideramos la obra de Robert Musil un producto de la más insaciable incontinencia que la historia de la literatura haya conocido. Ello, sumado a la pomposa arrogancia de su autor y sus aspiraciones de grandeza en vida, nos descubren un personaje nefando. Un ejemplo es la Sociedad Musil, organización creada por amigos del autor en la que cada socio aportaba mensualmente una cantidad de dinero destinado al mecenazgo para la creación de El hombre sin atributos. Cuenta Canetti que Musil gustaba de saber quién conformaba dicha sociedad y el importe exacto de sus aportaciones; un aporte menor ofendía al excelso autor. Entre estos socios "deslumbrados perseguidores" se encontraba Herman Broch.

Apenas podemos comprender el humo intelectual generado en torno a una obra que desde el principio aspiró a una negligente infinitud. Algunos consideramos un trabajo inútil adentrarse en esta novela enferma de gigantismo y lo desaconsejamos rotundamente.

Ibanov

07 febrero, 2008 makkkafu dijo...

Excelente post.

C.A. Makkkafu.

08 febrero, 2008 Henry Gundamiën dijo...

Gracias, makkkafu, y enhorabuena por tu proyecto. Ahora quisiera referirme a mi apreciada y temblorosa Muriel, compañera que en ocasiones actúa como una insufrible snob de corpiño y samovar. ¿Somos los lectores de Musil una secta? ¿Son los frutos de su conocimiento tan alto manjar?

Pienso que tu prolongada estancia en la calle providencia ha herido de muerte tu conexión con la realidad. ¿Qué fue de aquella valerosa mujer que formuló hace años la teoría del vientre literario?¿Dónde quedó la activista que nos encandiló a todos con su tesina La tortura de dios con mayúsculas y el principio del fin Galdosiano? Tus anteriores posturas siempre valientes, propensas a la polémica ¿se han secado?

Henry Gundamiën.

08 febrero, 2008 Carla Bodoni dijo...

Lo que en ningún momento pretendemos en nuestro proyecto, y vosotros bien lo sabéis, es polemizar sólo por puro placer. Y creo que en estos momentos ésa es vuestra tendencia. El humo intelectual del que habláis impidió ver la altísima cualidad de El hombre sin atributos a los críticos que no tuvieron la paciencia de sumergirse en la novela y leerla con atención, o bien a aquellos que simplemente se morían las uñas de envidia. Con vuestros ataques no sólo ponéis en duda el valor de El hombre sin atributos, sino de todo el Clan Ulrich y lo que significó para la literatura germánica y occidental. El hecho de que Muriel, es cierto, tienda a expresar acaloradamente su postura respecto a este clan no debe haceros pensar que podéis atacarlo de forma tan incoherente e insulsa, si me permitís los adjetivos. Sería más elegante y honesto que descargarais vuestras críticas directamente sobre ella (sin verterlas aquí, por supuesto, ya que éste no es el lugar apropiado), para que pudiera defenderse, en vez de utilizar a Musil como arma arrojadiza.

Calmaos un poco y pensad.

Carla Bodoni

11 septiembre, 2009 Luis López dijo...

Creo, como lo piensa Magris, que el escritor no necesita necesariamente de ser correctamente apolíneo sino que puede tener la dualidad y más aún la atomización del ser en sí mismo. Lo anterior de ningún modo puede restar mérito a una obra que habla por sí misma y que si bien se desprende del habitus de un ser-autor, debe ser valorada dialogicamente por el universo cerrado- no así la exegesis-por el lector contemplador, que por demás debe estar a la altura para poder hacerlo desde panopticos víables

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